Our murder trait

“When two crayfish meet, they usually fight. One would say that perhaps they might not at a future time, but without some mutation it is not likely that they will lose this trait. And perhaps our species is not likely to forgo war without some psychic mutation wich at present, at least, does not seem imminent. And if one place the blame of killing and destroying on economic insecurity, on inequality, on injustice, he is simply stating the proposition in another way. We have what we are. Perhaps the crayfish feels the itch of jealousy, or perhaps he is sexually insecure. The effect is that he fights. When in the world there shall come twenty, thirty, fifty years without evidence of our murder trait, under whatever system of justice or economic security, then we may have a constraining habit pattern to examine. So far there is no such situation. So far the murder trait of our species is as regular and observable as our various sexual habits.”

John Steinbeck “The Log from the Sea of Cortez”

The Baby Flyer with Ed Ricketts and John and Carol Steinbeck on the Sea of Cortez expedition 1940.  

Julio 21, 2011

Ciudad de México

Todo acabó entre Ana y yo. Durante el vuelo de regreso al D.F. recojo los pedazos de esta expedición. Califico las fotos producidas y recuerdo fragmentos de amor y desamor. Vuelvo a la ciudad huyendo, a refugiarme en mi trabajo y en la computadora. Las heridas ya no me molestan, núnca se infectaron. Pero esto va a dejar cicatriz.

Mientras espero en el avión a que nos asignen lugar en la terminal leo unas líneas de Steinbeck que me atormentan:

“To finish is sadness to a writer – a little death. He puts the last word down and it is done. But it isn’t really done. The story goes on and leaves the writer behind, for no story is ever done”

John Steinbeck, “A life in letters”.

Julio 18, 2011

Ensenada Partida

Anoche Ana se fue a dormir temprano, el viento soplaba fuerte y la caleta estaba agitada. Como yo todavía tenía energía me propuse estabilizar el barco para que ella durmiese bien.

Cuando hay mucho viento, “Anabaena” se pone a hacer un péndulo en el agua, de pronto me di cuenta que por momentos estábamos muy cerca de la orilla. La manera de solucionar este problema es tirando una segunda ancla que sujeta la popa del barco y la enfila al viento. Es una operación laboriosa y hay que hacer ajustes durante toda la noche pero Ana dice que durmió muy bien y para mí eso es una recompensa.

Esta mañana me parece que tenemos suficiente agua dulce así que empezamos el día con un baño, para después levantar anclas y dirigirnos a nuestra última estación de colecta: La Caleta Partida.

El lugar se encuentra en el canal que hay entre La isla Espíritu Santo y la Isla Partida. La caleta se formó a partir del cráter del volcán que partió la isla, hoy hay marea baja durante el día y quiero empezar la exploración exactamente en el centro del volcán.

Durante el siglo pasado, a finales de la década de los cincuentas, apareció en México un comic que tocaría una profunda fibra en la identidad del hombre mexicano. En esta historieta se cuenta la historia de otro pescador de perlas del pacífico -pescador de oficio y aventurero de vocación- que responde al nombre de “Chanoc”.

Chanoc representa una aspiración que no depende de arquetipos extranjeros. Es la esencia del macho mexicano, del “chingón”, con habilidades todo terreno y gran carisma. Un aventurero de mar y selva, una evolución del primate alfa. Y no hay mejor retribución para este personaje que la admiración de las mujeres que reconocen su virtud.

Muchos lo niegan pero hay un pequeño Chanoc en cada mexicano. Un día conocí a un taxista que me dijo -todos quieren ser Chanoc- refiriéndose aparentemente a la falta de cortesía entre automovilistas.

Ana sin embargo parece no caer bajo el influjo de mi seductor Chanoquismo, de hecho le molesta, creo que es demasiado moderna como para tolerar los desplantes de un personaje obsoleto y anacrónico. Para mí es algo infantil, un juego…creo…

Una vez fondeados en el lugar preciso, me pongo todo el kit para mi siguiente búsqueda. El wet suit y mis enormes aletas de apnea. La marea está muy baja y tan pronto estoy en el agua me doy cuenta de que solo hay metro y medio entre el velero y el fondo. Todavía estamos en un rango seguro así que me olvido de las preocupaciones y me pongo a payasear un poco mientras nado. Ana me observa desde la cubierta y le grito -¡mira como nado como pez!- para zambullirme con todo el poder de mis aletas. Pero el fondo está muy cerca, el impulso es demasiado intenso y no evito incrustarme en un espinoso coral lacerante.

El dolor de la herida no aparece aún, pero mi autoestima ha recibido un duro golpe. Al principio Ana no se da cuenta de lo que sucedió, pero una carcajada hace evidente su descubrimiento. Después me mira con una cara que significa todo  -Si, ya se… no lo pudiste evitar-

Creo que puedo continuar mi colecta en este estado, además la sal es buena para las heridas.

Fuera del agua la curación sucede en silencio y me siento regañado, espero aprender la lección esta vez.

Después de tomar fotos y de comer nos sentamos fuera de la cabina para disfrutar del escenario, la tarde es calmada y los dos estamos relajados. Es el momento de hablar sobre nosotros, sobre lo que nos gusta y lo que nos asusta. Quiero platicar con ella de este viaje, su significado. Si nuestro amor es una ilusión. Pero estoy inseguro y no quiero echar a perder el momento. Tengo un mal presentimiento, me da miedo no poder asimilar la conversación, no poder controlar mis emociones. Así que elijo el silencio y la tarde pasa y mi oportunidad se desvanece. Jamás volveremos a estar tan cerca como ahora. Este es el instante en que la dejé ir.

John Steinbeck realizo el viaje de “La Bitácora” en compañía de su esposa Carol. Para entonces su relación se encontraba bastante deteriorada. Después de su divorcio y antes de la publicación del libro, Steinbeck removió todos los fragmentos donde Carol aparecía. La extirpó de la historia, nunca sabremos de la experiencia de esa mujer, célebre por ser independiente y moderna. Algunos atribuyen la separación a infidelidades por las dos partes, pero los no ingenuos sabemos que ese es el final de una relación y no el  principio de los problemas.

Julio 17, 2011

Bahia San Gabriel – Las Calaveritas

Despierto con sonidos de gaviotas y el olor del pelo de Ana en mi cara. Hacemos el amor en silencio y con los ojos abiertos. El día comienza temprano en la caleta y como el sexo no ha disminuido nuestra temperatura nos metemos al agua desnudos. Este fondeadero es bastante popular y tenemos vecinos en algunos barcos, todos demasiado grandes para estar cerca de la orilla como nosotros, así que nos sentimos cómodos en nuestra privacidad. Una recomendación para los pudorosos es que si tu puedes verle los pelos al vecino, el puede ver los tuyos. Pero Ana no es tímida y a mí me parece que esa mañana todos están encuerados en el Merito. Después del desayuno y de unos besos nos alistamos a partir, quiero cruzar el canal de San Lorenzo antes de que el viento se levante y las mañanas es el momento apropiado. Esta vez Ana timonea y cruzamos suavemente el canal hacia la isla. Seguimos consumiendo gasolina, ella no está muy agusto con el sonido del motor y el olor.

Todo se compensa cuando llegamos a nuestro siguiente destino: La bahía de San Gabriel. El fondeadero lógico es la parte sur de la bahía, nosotros exploraremos la parte norte donde existe un pequeño arrecife y un manglar.

Este lugar está muy expuesto y es un poco incómodo, pero el fondo es increíble. Steinbeck y Ricketts visitaron esta isla dos veces, una en su camino de ida y otra en el de vuelta e hicieron una parada en esta bahía, la última estación de colecta de su viaje, el 11 de abril de 1940.

Nos metemos de nuevo al agua para explorar. Cada quien agarra un rumbo distinto. Ana se dirige a tierra, yo quiero conocer la orilla del manglar. No importa si uno es discreto al acercarse a las rocas, de cualquier modo los animalitos se van a esconder, pero si se es paciente y se mantiene uno inmóvil un rato, el hábitat regresa a su rutina cotidiana. Así la experiencia se vuelve un ejercicio de contemplación, una meditación. Eso es lo que me gusta del buceo libre, a diferencia del uso de tanques, la apnea tiene algo místico. Usar scuba es como operar un traje de astronauta, bajar a pulmón es más natural, más silencioso, es como lo hacemos los mamíferos.

Entre los reflejos más antiguos se encuentra el de respirar. Uno se vuelve indulgente con esta necesidad, cediendo miles de veces al día, ante la angustia de quedarnos sin oxígeno. Con el entrenamiento adecuado se puede reprimir este impulso y el cuerpo responde naturalmente; el ritmo cardiaco disminuye dentro del agua y las funciones básicas se centralizan, a esto se le llama bradicardia y es un instinto que tenemos desde que éramos embriones cuando respirábamos líquido. Sentir eso fue lo que me motivó a entrenarme. Un día descubrí que podía dejar de respirar (por un momento) y me encontré suspendido sin otro interés más que el de ser. Fue recordarme en el vientre de mi madre y reconocer en la mar, el útero de todos.

Después de un rato sin moverme la orilla vuelve a la vida, un grupo de peces sargento se disponen a alimentarse mientras un cangrejo, con máscara de algas simbióticas, sale de su guarida. Veo hidroides y anemonas, pero ahora no tomaremos muestras. El barco está en un lugar muy expuesto como para montar el estudio fotográfico y nuestro plan es seguir más al norte, hasta una caleta que Philippe me enseñó hace un par de años.

Nuevamente en movimiento usamos la velas para pasar frente a las caletas del gallo y la gallina, enmarcadas por dos islas con los mismos nombres. Después atravesamos el estrecho entre la isla ballena y la bahía que le pertenece. Nuestro destino se encuentra justo después. Desde afuera no se ve gran cosa, pero una vez en la caleta descubrimos un lugar enigmático y misterioso.

“Las Calaveritas” es un fondeadero muy expuesto a los vientos del verano pero es hermoso. Dos paredes de diez metros se levantan desde la caleta y crean un pequeño canal entre dos riscos, apenas suficientemente ancho como para que “Anabaena” tire anclas. Las paredes están adornadas por varios cientos de pequeñas cuevas que parecen máscaras y cuando el viento sopla fuerte, se escuchan sonidos en las cavidades, sonidos como voces. Cuando se entra a la caleta se siente el escrutinio de las calaveritas, pero somos bien recibidos y después de un rato nos fascinamos con la idea de mirar un mundo que te observa de regreso. El agua es casi transparente y desde la cubierta puedo ver en el fondo varias estrellas de mar, erizos y pepinos. Ana me pide que antes de sumergirme prepare el equipo fotográfico de modo que todo esté listo cuando salga del agua. Excelente recomendación. Esa vez soy muy eficiente y tomo fotos de Phatarias y Astrometis. He estado buscando un ejemplar de Eucidaris thouarsii, el erizo punta de lápiz y ahora encontré uno magnífico pero fuera de mi alcance, dentro de una cueva profunda. La regla más importante del buzo es nunca sumergirse solo, pero he tenido que romperla para obtener todos los ejemplares en la lista de Ricketts que pueda. Trato de ser cuidadoso. El Mar de Cortez está lleno de historias de imprudencia, todas con una moraleja. Intento recordar y aprender, pero el misterio es demasiado. Tengo que volver.

Este sentimiento esta mitificado en una de las historias de la bahía de La Paz con más tradición: La leyenda del Mechudo.

El Mechudo era un pescador de perlas, la actividad preponderante en la bahía hace cien años. Un día, en compañía de algunos colegas, fue a trabajar pero no encontraron perlas, estaban a punto de cancelar la jornada cuando el Mechudo salió del agua asegurando haber encontrado la Madreperla más grande jamás vista, y en su interior una perla gigante. Sus camaradas le advirtieron que estaba buceando en un lugar muy profundo y que mejor abandonara la colecta, pero no los escuchó y se sumergió nuevamente. Pasaron algunos minutos y sin noticias del Mechudo los pescadores acordaron enviar una misión de rescate. El rescatista no volvió, así que se envió a uno más. Este tampoco regresó. Entonces los pescadores sobrantes se metieron al agua y contemplaron desde la superficie la escena de sus compañeros ahogados y del Mechudo con una mano atrapada dentro de la enorme Ostra.

Este patrón de acontecimientos se repite una y otra vez en el golfo de California. La leyenda crece y se mezcla con otros mitos, pero el mensaje es el mismo: No hay que bucear solo, especialmente si se trata de un rescate.

A John Steinbeck le fascinaban estas historias. En “La Perla” el pescador sí consigue extraer el tesoro del mar, solo para enfrentar la codicia del mercado. Pedro Armendariz hace una gran interpretación de “Kino” en la película mexicana dirigida por el Indio Fernández, con guión de Steinbeck y la fotografía espectacular de Gabriel Figueroa.

Su primer aproximación a este argumento está documentada en el capítulo once, de “The Log from the Sea of Cortez”:

” An Indian boy by accident found a pearl of great size, an unbelievable pearl. He knew its value was so great that he need never work again. In his one pearl he had the ability to be drunk as long as he wished, to marry any one of a number of girls, and to make many more a little happy too. in his great pearl lay salvation, for he could in advance purchase masses sufficient to pop him out of purgatory like a squeezed watermelon seed. in addition he could shift a number of dead relatives a little nearer to Paradise. He went to La Paz with his pearl in his hand and his future clear into eternity in his heart. He took his pearl to a broker and was offered so little that he grew angry, for he knew he was cheated. Then he carried his pearl to another broker and was offered the same amount. After a few more visits he came to know that the brokers were only the many hands of one head and that he could not sell his pearl for more. He took it to the beach and hid it under a stone, and that night he was clubbed into unconsciousness and his clothing was searched. The next night he slept at the house of a friend and his friend and he were injured and bound and the whole house searched. Then he went inland to lose his pursuers and he was waylaid and tortured. But he was very angry now and he knew what he must do. Hurt as he was he crept back to La Paz in the night and he skulked like a hunted fox to the beach and took out his Pearl from under the stone. Then he cursed it and threw it as far as he could into the channel. He was a free man again with his soul in danger and his food and shelter insecure. And he laughed a great deal about it.”                   John Steinbeck    

Quizá la historia del Mechudo y la de La Perla sean la misma. O tal vez sean dos versiones de una leyenda más antigua. A fin de cuentas, la Madreperla gigante y la codicia del mercado representan simbolos de la desgracia de los pescadores, instrumentos del mal. Pero no fuéron los accidentes de buceo, o los caciques ambiciosos quienes acabaron con la bonanza Perlera, lo que realmente aniquiló esta industria fué la sobreexplotación y la estupidez.

Me gusta pensar que la perla gigante aún se encuentra en el fondo del canal frente al malecón.

Julio 16, 2011

El Merito

El acceso por mar a la Ensenada de la Paz puede ser algo complicado si no se conoce bien el canal. Las corrientes son fuertes y el fondo muy bajo, en algunas zonas se descubren islas efímeras cuando las mareas son grandes. En estas ocasiones no es extraño encontrar algún velero encallado que algún marinero despistado ancló en el lugar equivocado. La mayoría de las embarcaciones utilizan el canal como acceso a La Paz y recorren sus siete kilómetros antes de llegar al puerto.

Existe otra salida más rápida, justo en la punta del estero, pero solo pueden utilizarla las pangas y los veleros de poco calado como “Anabaena”. Esta mañana nos embarcamos muy temprano y como hay poco viento usamos gasolina para movernos. Salimos de la ensenada por la ruta express y fijamos el rumbo a la Caleta de los Lobos, como aparece en las cartas de navegación, o “El Merito” como la gente de La Paz la conoce.

Ana y yo llevamos dos meses prácticamente engrapados y hasta el momento creo que los dos estamos contentos. La vida en la ciudad de México es algo que relativamente dominamos pero aquí es diferente. Pareciera lo contrario, pero en una ciudad las cosas suelen ser bastante simples. Es fácil de llenarse de funciones, de obligaciones y de responsabilidades. En la mar la incertidumbre te supera, la sofisticación del ambiente y la infinita cantidad de variables en juego te obligan a abandonar ese efímero sentido de control tan evidente en la rutina urbana.

Me preocupa la comodidad de Ana, este velero no es precisamente un yate para vacacionar y le he realizado modificaciones orientadas a la eficiencia sacrificando lo que para muchas personas significarían “necesidades básicas”.

Pero Ana tiene la mar en la sangre.

Ella conoce estas aguas mejor que yo, Desde chiquita ha sido forjada en la tradición de lo marino. Para mi es una fortuna compartir la intimidad en esta expedición con alguien que no se marea y que duerme profundamente aún en las marejadas más intensas.

Mi plan es mostrarle una cara de la Isla Espíritu Santo que no conoce. Fondearemos en pequeñas caletas demasiado someras como para que un barco grande pase la noche. Aprovechando la orza abatible de Anabaena y consultando con frecuencia la tabla de mareas, encontraremos los lugares más íntimos y privados de la Isla.

El camino está lleno de cosas interesantes.

Ajustamos el rumbo hacia Punta Colorada, donde habita la Ardilla antílope, que tuve la oportunidad de fotografiar hace un par de años cuando encallé cerca de ahí. Después costeamos la isla de San Juan Nopomucemo, que protege el puerto donde llega el ferry de Mazatlán. Pasamos frente a la isla Gaviota, con su superficie blanca por el guano de una colonia residente de Fregatas magnificens. Justo enfrente de la entrada a nuestro primer destino está el faro de San Rafaelito, hogar de una colonia de Lobos marinos.

Antes de ir a la isla haremos una parada en un lugar de la península. Entramos a “El Merito“, uno de mis lugares favoritos. Esta caleta es a mi juicio el fondeadero mejor protegido en la bahía durante el verano. Incluso mejor que cualquier lugar en la isla. Los riscos en la pared sur de la caleta hacen una barrera natural contra el “Coromuel” y crean un pequeño remanso suficiente para que “Anabaena” pueda fondear con comodidad.

Todo mundo en La Paz conoce el significado de la palabra Coromuel: el viento del sur que sopla durante las noches de verano. Y todos saben también que la palabra deriva de la mala pronunciación del apellido Cromwell. Un supuesto pirata que aprovechaba este viento para hacer su oficio. He tratado de encontrar alguna referencia de algún pirata Cromwell en la red y entre documentos históricos en el puerto de La Paz y no he encontrado nada concreto. Pero aprendí que el termino pirata se le atribuía a cualquier capitán Ingles que interfiriera con las operaciones de la corona española.

Sin duda el Caribe era más activo en cuestiones de pirataje. Ahí si había un pirata Cromwell, que fue capturado después de robar el dinero para el rescate de una víctima secuestrada.

Llegamos al Merito y echamos el ancla en el lugar preciso, esta vez apoyados por el GPS. Varios lugares me interesan especialmente. Hoy exploraré el fondo rocoso frente a nosotros. En otras ocasiones, he observado mucha actividad en la punta de la caleta donde las corrientes deben de llevar nutrientes en densidades abundantes.

Ana insiste en ser rigurosos con nuestra colecta y con el plan de ser lo menos invasivos posible. Después de mi primera exploración salgo del agua con algunos ejemplares, el equipo está listo y ahora cuento con unos acuarios diseñados a partir de lo que aprendí en la Isla de San Marcos. Fue entonces que me dí cuenta que la vida marina tiene que ser fotografiada dentro del agua, sumergida en su medio. Esto no es solo para la comodidad de los ejemplares, también deseo el efecto óptico de la luz en un medio cristalino como el agua de mar, es como trabajar dentro de fibra óptica, la definición es excelente y la dispersión de la luz hace que todo se vea semitransparente. Fuera del agua la luz es distinta, los bichos se ven “mojados”, parecen imágenes de un menú de sushi. No es la primera vez que identifico las ventajas de trabajar en un medio acuoso. También en el microscopio el aire es un obstáculo para la calidad de las imágenes, las mejores fotomicrografías siempre se obtienen con el objetivo sumergido en agua o en aceite.

En la isla San Marcos, durante la expedición de Mayo, el set fotográfico fue bastante improvisado, gracias a eso descubrí que me gusta mucho la calidad de la luz dentro de un bote de basura blanco. El plástico translucido dispersa la luz hasta el límite y con una iluminación tan plana puedo trabajar en la postproducción digital con libertad.

Hoy tengo los acuarios de acrílico blanco que me dan el mismo efecto.

El elegido para estrenar el nuevo accesorio es Toxopneustes roseus, un erizo rosa que sostiene los fragmentos de coral que recolecta. La versión oficial dice que lo hace para crear un camuflaje, pero a nosotros nos parece que le gusta adornarse, que selecciona los pedazos con meticulosidad y elije los que más le gustan.

Otro invitado es el pepino de mar Holothuria lubrica. Manipular estos animales fuera de su hábitat en ocasiones ha sido una experiencia tensa, es muy evidente cuando el animal no se la está pasando bien. Pero hoy parece que existe una conexión entre Ana y el pepino. Con delicadeza lo sumerge dentro del acuario para que yo lo fotografíe. Tomamos fotos frontales, laterales y de los pequeños pseudópodos en su vientre. Dejamos un rato que “Holoturio” recorra los límites de la pequeña celda y luego lo substituimos con un fragmento del coral Porites porosa a quien le tomo unos excelentes acercamientos de sus pólipos.

Ana me pide que devuelva los especímenes cuanto antes así que me meto al agua antes de que se meta el sol.

Cenamos ensalada y la pasta que preparamos un día antes. Nos llevamos bien en la cocina. Nos decimos cosas con los cubiertos y con pedacitos de aceituna.

Dormimos entre dos Sleeping bags de “Cucharita”.