Diciembre 31, 2011

Mañana es año nuevo y he decidido volver a la isla, esta vez solo.

Carlos Solís me platicó de un lugar cerca de Playa Balandra donde hay una plataforma rocosa a poca profundidad. Me aseguró que en este lugar podría hallar un ejemplar de Metalia angustus, el erizo corazón, que he buscado con insistencia. Estos erizos no son difíciles de encontrar pero se esconden bajo la arena y a menudo el hallazgo incluye un pinchazo ejemplar. Hay que tener cuidado y guantes.

Me encuentro en la punta sur de Balandra y anclé a Anabaena frente a una pequeña playa como a 200 metros del lugar recomendado donde buceo ahora.

No hace demasiado frío y en efecto el fondo está constituido por una gran roca plana como a tres metros de profundidad. No veo ningún lugar donde pueda encontrar la Metalia pero la vida aquí es espectacular. Sobre las lajas de roca volcánica puedo observar una ciudad de invertebrados marinos. Desde balanos pequeños, cardúmenes de larvas de camarón y pepinos marinos, hasta grandes protagonistas del endemismo bajacaliforniano que viven en un lugar donde la marea baja parece extenderse sobre una gran superficie.

De regreso en el velero cuento con dos invitados: Acanthaster ellissi la corona de espinas, uno de los más eficientes depredadores de coral y Pentaceraster cuminghi la estrella almohada panámica.

Voy a pasar la noche con estas estrellas de mar, pero no puedo hacerlo aquí, el viento se levantó demasiado y se está poniendo movido, voy a buscar abrigo del otro lado de playa balandra donde hay un risco que me protegerá de estos vientos tan fuertes.

Acanthaster

Una vez anclado en un lugar cómodo preparo el estudio fotográfico. Desde hace varias expediciones he querido concentrarme en una sola especie en lugar de enfocarme en la productividad y hoy es mi oportunidad. El equipo del que dispongo se ha ido refinando y simplificando progresivamente, esta vez solo necesito de mi cámara, un flash electrónico, un difusor de luz y un acuario de acrílico transparente.

Tan pronto tomo a Acanthasther con las manos me doy cuenta de que es un bicho especial, agresivo. Rápidamente lo deposito en el acuario. Algo me hizo en los dedos, no es un piquete o una mordida, tampoco se siente como quemadura, es una sensación eléctrica y estática.

Acabo rápido las fotos porque hoy quiero hacer también videos.

Acanthaster es magnífico, sobre todo sus pseudópodos: un ejército de extremidades que le sirven para moverse y para sentir. Me he concentrado en el desfile coordinado de estos apéndices durante horas, hipnotizado.

La orza retractil golpea cíclicamente el fondo del barco y eso genera una vibración que aparece en los videos. Para la próxima tengo que instalar una rondana o algo que amortigüe. Me gusta identificar este tipo de detalles, significa que todo lo demás marcha bien.

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Whenever I find myself growing grim about the mouth

“Whenever I find myself growing grim about the mouth; whenever it is a damp, drizzly November in my soul; whenever I find myself involuntarily pausing before coffin warehouses, and bringing up the rear of every funeral I meet; and especially whenever my hypos get such an upper hand of me, that it requires a strong moral principle to prevent me from deliberately stepping into the street, and methodically knocking people’s hats off—then, I account it high time to get to sea as soon as I can.”

Herman Melville “Moby Dick”

Diciembre 29, 2011

Para la mar el año nuevo no significa nada, su ciclos atienden a influencias mucho más contundentes que las convenciones humanas. La luna, los vientos, las corrientes marinas, las estaciones del año y la geografía de la costa son lo que determinan sus tendencias.

Las mareas son el resultado de la mezcla de estas fuerzas y su producto es el hábitat más importante para la vida en el planeta. Es justo en la orilla, donde el nivel de las aguas es itinerante, que se crean las condiciones apropiadas para que la vida evolucione.

En el borde del mar la luz solar es abundante y cuando la marea está en su punto más bajo uno es testigo de una solución saturada de vida. Aquí las fronteras entre colaboración y competencia desaparecen y uno observa un solo organismo, liquido e integral. La mar concentrada.

Al principio no me quedaba claro porque Ed Rickets prefería explorar este mundo con botas en lugar de aletas. Pero ahora comprendo.

Desde el agua tengo acceso a la vida de la orilla sin tener que coordinarme con la bajamar, pero empiezo a tener conciencia de algo especial, que sucede en ese momento en el que las aguas retroceden y la mar se entrega.

Fue en este hábitat donde hace tres mil quinientos millones de años la vida se auto organizó en criaturas unicelulares, y también fue aquí donde la evolución de un anfibio determinó el destino de todas las especies de reptiles y mamíferos hace quinientos millones de años. Las mareas son fundamentales para la vida, su producto es el diálogo entre dos universos.

En Baja California los ciclos marinos determinan también la experiencia de la gente que pasa tiempo en la mar y cuando está agitada, entrega con dramatismo historias sobre esta magnífica bahía de La Paz donde he basado mis operaciones.

Durante el verano, los marineros prudentes ponen especial atención ante los súbitos cambios en el clima ya que es común que durante las tardes se formen tormentas localizadas y aunque suelen durar pocas horas, pueden sorprender hasta al más experimentado.

No es recomendable acercarse a la costa durante una tormenta, es preferible lidiar con el mal clima en mar abierto que cerca de tierra donde los fuertes vientos pueden limitar la maniobrabilidad de la nave y encallarla o estrellarla contra otros barcos.

Hace algunos años, durante uno de estos episodios, una pareja norteamericana a bordo de su velero, se encontró en la urgente necesidad de arribar al puerto de La Paz.

Era una situación difícil, la esposa del capitán estaba a punto de dar a luz.

Capitanía de puerto no respondía a la llamada de auxilio así que tan pronto vio las luces del malecón, el joven marinero fijó su rumbo hacia La Paz, sin tener conocimiento del banco de arena que protege la ensenada.

En un instante el velero orzó y encallo. En su desesperación el capitán de la nave tomo una decisión extrema, abandonar la nave. Depositó la carga preciosa en la pequeña lancha inflable que remolcaba y usando unos remos cruzo los cien metros de canal que le faltaban para llegar al malecón. Un taxi turístico los entregó en un hospital cercano donde la joven dio a luz a un niño con derecho a pasaporte mexicano.

A la mañana siguiente la tormenta había pasado y con la emergencia resuelta, el nuevo padre dejó un rato a su mujer y al retoño para ir a ver el estado de su velero. Caminó por el malecón y buscó durante un tiempo por el canal sin obtener ninguna pista. No estaba donde lo dejo y no parecía estar en ningún otro lado. Resignado buscó dentro de la ensenada y en la zona asignada como fondeadero público se encontraba, elegantemente anclada, la pequeña goleta que había dado por perdida.

Después se enteraría que durante la madrugada la marea subió y el velero fué liberado. Navegó sin mando por el canal como si fuese un barco fantasma hasta que una pareja de gringos escandalizados identificó a la nave errante, hizo un diagnóstico, la abordó, encendió los motores, la ancló en un lugar seguro y por si fuera poco recogió las velas y aseguró los amarres.

No sé lo que sintió su dueño cuando regresó a bordo pero sé lo que vio: La ciudad horizontal del otro lado del canal, el muelle fiscal, el kiosco del malecón y las torres de la Catedral de Nuestra Señora de La Paz, escuchó sus campanas y el sonido de las cosas simples que nunca cambian.

Alfaques en el canal durante la bajamar de febrero